
Cerró la puerta del taller tras él, cruzó el cuarto de estar y salió del edificio de un solo piso en que vivía en aquella cálida noche de octubre. El año en Mnemosyne tenía casi quinientos días, no existiendo virtualmente estaciones; pero los hombres habían llevado su propio calendario al espacio. Allá en la Tierra, en el hemisferio norte, los árboles estarían cambiando sus hojas a un color de cobre y oro, y así ocurría en octubre en Mnemosyne y en otros cien mundos colonizados.
Tavernor comprobó el tiempo en su reloj de pulsera. Menos de cinco minutos para irse.
Sacó la pipa del bolsillo, la cargó con unas húmedas y olorosas hebras de tabaco y la encendió. Las puntas de las hebras surgieron encendidas hacia arriba y Tavernor las presionó con la yema del dedo endurecida por el trabajo, calmándose a sí mismo con los ritos de la paciencia. Se apoyó contra la pared de la casa a oscuras mientras que el humo se esparcía por el aire de la noche. Tavernor se imaginó la fragancia del tabaco llegando hasta los nidos y escondites de aves y animales en los bosques circundantes, tratando de pensar qué idea tendrían de ello sus habitantes. Apenas si habían tenido un centenar de años para acostumbrarse a la presencia humana en su mundo y con la excepción de los de alas de cuero habían mantenido una reserva sombría y expectante.
A los dos minutos antes de 0 horas, Tavernor dedicó su atención al cielo. Los cielos del planeta Mnemosyne eran muy diferentes a los de cualquier planeta que hubiera jamás visitado. Muchas edades geológicas antes, dos grandes lunas habían orbitado por ellos acercándose una a la otra más y más hasta llegar a una colisión. Las trazas de aquel cósmico impacto podían ser halladas por todos los cráteres; sin embargo, la mayor evidencia residía en el propio cielo. Todo un caparazón de fragmentos lunares — muchos de ellos todavía lo bastante grandes para que, con la irregularidad de su conformación, fuesen visibles a simple vista en constante deriva sobre la suave luz de las estrellas como fondo, formaban una cortina que alcanzaba de un polo a otro.
