Pero era preciso disponer de un equipo enorme y masivo y la sola forma de traerlo a Mnemosyne, era en naves de viejo diseño a reacción y con escalas. Tavernor encontró imposible visualizar cualquier desarrollo en Mnemosyne que pudiera justificar incluso un gasto moderado por las fuerzas armadas de la Federación. Y con todo, recordó penosamente, habían hecho estallar la estrella Neilson…

El teniente Klee salió de una oficina situada tras el enorme despacho. Era un joven de anchos y huesudos hombros y con unos cabellos tan negros y tan suaves que parecían la sedosa piel de un animal de la selva.

Teniente — dijo Tavernor inmediatamente —. Creo que usted podrá explicar todo esto.

Ignorando la pregunta, Klee consultó una hoja de papel.

—¿ Es usted Mack H. Tavernor?

Sí. pero…

—He decidido no proceder más contra usted. Puede irse.

—Usted ha… ¿qué?

—Estoy dejándole marchar, Tavernor. Pero comprenda que hago esto solo porque la ley marcial ha sido declarada muy poco antes de ocurrir el incidente, y existe la oportunidad de que usted no haya oído su declaración.

—¿La ley marcial?

El cerebro de Mack parecía nublado.

—Eso es lo que he dicho. De ahora en adelante, procure alejarse de los uniformes. Procure evitar problemas. No se meta en dificultades.

—¿ Quién provoca dificultades? — repuso Tavernor, pero dándose cuenta de que sus palabras sonaban a hueco y su persona tenía allí muy poca importancia —. Yo solo me preocupo de mis cosas, y…

—El soldado que le desarmó dijo que usted dio el primer golpe. Otros testigos lo han confirmado.

Han podido hacerlo — murmuró Tavernor inadecuadamente. La cabeza le dolía, las sienes le latían dolorosamente, tenía la boca seca y sintió la fuerte necesidad de tomarse un café bien cargado seguido de algún alimento.



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