—¿Ha dicho usted la ley marcial? ¿Qué razón hay para ello?

—No podemos decirlo.

—Tendría usted que darme alguna razón.

La baca de Klee se retorció sardónicamente.

—Hay una guerra que continúa. ¿Le parece bien?

Uno de los soldados allí presentes soltó una risita burlona y el sargento le desautorizó con un gesto de su manaza.

Klee miró de nuevo la hoja de papel y después observó a Tavernor especulativamente.

—La señorita Grenoble estará aquí para recogerle a la hora mil, lo que quiere decir que será dentro de pocos minutos a partir de ahora.

—No estaré aquí. Dígale a ella que…

—¿Qué?

—Olvídelo.

Tavernor caminó hasta la puerta, con la cabeza hirviendo de rabia y de preguntas sin respuesta. Su atención fue captada por una cierta indefinible extrañeza en la sección de la calle que podía ver a través de la entrada. Los transeúntes seguían pareciendo una cosa normal y el tráfico discurría también en forma rutinaria, pero la escena le sorprendió como siendo algo curiosamente irreal. Había, tal vez, algo extraño y sutilmente equivocado en la calidad de la luz, como si el mundo estuviese iluminado por candilejas de teatro, que no obstante eran incapaces de simular la luz solar. Sacudió ligeramente la cabeza y empujó la puerta.

—¡Ah, Tavernor! — dijo Klee de una forma impersonal.

¿Sí? — repuso el interpelado deteniéndose.

—Casi lo había olvidado. Vaya a la oficina de compensación civil, dos puertas más allá del bloque. Tienen allí algún dinero para usted.

—Dígale…

Tavernor estuvo a punto de dejar escapar alguna altisonante inconveniencia; pero tuvo que contentarse con un gesto ambiguo de la mano.

Abandonó el edificio y se dirigió hacia la ciudad. Visto desde el exterior, el edificio que acababa de abandonar resultaba sorprendente por lo recién fabricado que estaba.



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