
—Jueves — repuso el anciano señor, levantando las cejas con sorpresa.
—Gracias.
Tavernor tomó el café y ocupó un sitio vacante. Sus sospechas se vieron confirmadas: había perdido dos días. Una pistola anestésica, disparando una carga suave podía poner a un hombre fuera de combate por espacio de diez minutos; pero a él le habían disparado toda una carga completa. Haciendo un esfuerzo, procuró grabarse la cara del reservista que le había disparado, haciéndole un buen lugar en la memoria. Con la ley marcial o sin ella, tenía que pagárselo.
Con el café calentándole el estómago, decidió posponer la comida hasta haber llegado a casa, asearse convenientemente y atender a los alas de cuero. Las pobres criaturas estarían hambrientas y nerviosas tras no haberle visto en dos días. Vaciló un momento entre telefonear pidiendo un coche de alquiler desde el local en que se hallaba o detenerlo en plena calle. Salió y por primera vez, desde que le dejaron en libertad, volvió los ojos tierra adentro hacia los bosques.
Los bosques ya no estaban allí.
En cierta forma, la sorpresa recibida en su sistema nervioso fue tan intensa como la del disparo que le hicieron con la pistola anestésica. Se quedó inmóvil como una estatua, mientras que la gente pasaba rozándole y farfullando palabras de molestia, en tanto Tavernor miraba sin pestañear el desnudo horizonte. El Centro, orillaba la bahía en una distancia de ocho millas y, por término medio, era menos de una mil a de ancho; por tanto, el bosque podía verse siempre al final de la vía pública. Sus variadas tonalidades de verde y azul recubrían como un manto la llanura de cinco mil as y, más allá, se elevaba en un verde oleaje que desaparecía al alcanzar la roca desnuda de la planicie continental. En los días cálidos, de los bosquecillos de gimnospermas de anchas hojas emanaban columnas de vapor de agua que se elevaban al cielo y, por la noche, las flores de los «buscadores de luna» enviaban un dulce y pesado perfume que se extendía por las quietas avenidas bajo el manto enjoyado de las mil lunas de Mnemosyne en su bóveda celeste.
