Aquel enorme cuba encristalado daba la impresión de haber sido colocado de una sola pieza, aplastando cualquier cosa que allí hubiera existido antes. Alrededor de su perímetro estaban algunos ingenieros militares en pequeños grupos, recubriendo el borde de la excavación, aplastando la arcilla del suelo y fundiéndola con máquinas achaparradas de color verde oliva. El aire estaba saturado de olor a ozono, como consecuencia de la enorme energía empleada y un ocasional y atronador estampido cada vez que una roca rehusaba ceder su estructura molecular que había sostenido durante cientos de millones de años.

La gente que circulaba por las aceras miraban con curiosidad semejante actividad; pero continuaban su marcha. Tavernor intentó recordar qué habría existido anteriormente en el lugar que ocupaba aquel bloque; pero todo lo que obtuvo de sus recuerdos fue una vaga impresión de unos pequeños edificios arracimados y que seguramente habrían sido pequeños comercios de barrio. Ya había notado antes que a pesar de lo familiar que pudiera resultarle una calle o una intersección, tan pronto como su nueva configuración se había llevado a cabo, los recuerdos del original se desvanecían pronto de su memoria. Por todo lo que sabía, se dijo a sí mismo ilógicamente, aquello pudo haber sido uno de sus escondites favoritos antes de que el ejército lo hubiera deshecho. Su resentimiento creció ante semejante idea.

Al llegar a la esquina, torció hacia el mar y caminó durante unos minutos hasta encontrar un lugar para comer algo. Estaba haciendo funcionar el dial de la máquina del café, cuando se le ocurrió mirarse en la superficie pulida como un espejo de la máquina, observando la barba y el estado de su rostro. Tenía el pelo más largo de lo que podía haber esperado y una sospecha desagradable se originó en su mente.


—¿Qué día es hoy, por favor? — preguntó a un señor de edad sentado a poca distancia.



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