
—El motor suena todavía muy bien — dijo Tavernor a falta de mejor cosa que decir.
Lissa Grenoble era la hija de Howard Grenoble, el Administrador Planetario; pero Tavernor la había conocido de la misma forma en que usualmente conocía a la gente en Mnemosyne; es decir, cuando le buscaban para reparar una máquina. El planeta se hallaba virtualmente desprovisto de depósitos de metal, y además ningún navío mariposa podía dedicarse a traer carga procedente de la Tierra fuera del cinturón de los fragmentos lunares o de cualquiera de los demás centros manufactureros. Y así, siendo la primera familia de Mnemosyne y la más rica, prefería pagar las repetidas reparaciones hechas a un vehículo que embarcarse en el fantástico costo de importar uno nuevo, sirviéndose de una nave-mariposa, una estación orbital o reactor de línea.
—Pues claro que el motor suena bien — repuso Lissa —. Lo dejaste mejor que nuevo, ¿no es cierto?
—Sin duda has estado leyendo mi expediente de promoción — dijo Tavernor, halagado a pesar suyo.
Lissa dio la vuelta al vehículo, se aferró a un brazo de Tavernor y le atrajo hacia sí a propósito. Él la besó una vez, bebiendo en la increíble realidad de ella, en la forma en que un hombre sediento traga los primeros sorbos de agua. La lengua de Lissa estaba ardiendo, con un calor superior al que cualquier ser humano podía tener normalmente.
—¡Eh! — exclamó Tavernor apartándose de ella —. Has comenzado pronto esta noche.
—¿Qué quieres decir, Mack? — preguntó Lissa con un pícaro gesto.
