—Las chispas. Has estado bebiendo chispas.

—No seas bobo. ¿Acaso huelo a chispas?

Tavernor comenzó a oliscar dudoso, echando pronto la cabeza hacia atrás al querer ella pellizcarle la punta de la nariz.

El aroma volátil de los prados en verano, propio de las chispas, estaba ausente; pero él no se quedó por completo satisfecho. Tavernor no bebía jamás aquel líquido productor de sueños, prefiriendo el whisky; otra forma de recordarle que Lissa tenía diecinueve años y él treinta años más que ella. La gente ya no mostraba apenas su verdadera edad, y así casi no existía una barrera física entre ellos; pero a pesar de esto los años estaban insertos en su mente.

—Entremos — indicó Tavernor —. Vámonos fuera de la vista de esta luz fantasmal.

—¿Fantasmal? Pues a mí me parece romántica…

Tavernor frunció el ceño.

—¡Romántica! ¿Sabes lo que significa? — Y miró hacia arriba al intenso punto de luz y poco después, ya más fácilmente, al objeto en que se había convertido en el firmamento la estrella Neilson.

—Sí, por supuesto. Eso significa que están abriendo una ruta comercial de alta velocidad hacia Mnemosyne.

—No — Tavernor sintió que volvía a sufrir una fuerte tensión —. La guerra viene por ese camino.

—Ahora eres tú el que te portas como un bobo.

Lissa soltó el brazo y ambos entraron en la casa. Tavernor buscó el interruptor de la luz; pero ella se interponía a su mano, acercándosele de nuevo. El respondió instintivamente y una parte de su mente que nunca dejaba la guardia, le sugirió entonces una idea en el torbellino emocional que estaba sufriendo. «Este es el más torpe intento de seducción que jamás haya visto.»

Sintiendo algo parecido a un engaño, Tavernor se abstrajo en sí mismo lo suficiente como para estar en condiciones de pasar revista a sus relaciones con Lissa Grenoble, desde el tiempo en que se habían conocido tres meses antes, hasta el momento presente.



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