Hablé yo, que aposté la mínima, y el gordo enseguida dijo «pozo». ¿Había hecho escalera, con tres ochos fuera? Lo miré a la cara y vi sus labios apretados, resecos. Mientras tanto Francesco cerró las cartas, dijo que no jugaba y se incorporó ligeramente como para estirar las piernas.

Eso significaba que yo podía estar tranquilo si tenía más de un par porque el gordo no tenía escalera. No podía tenerla porque el cuarto ocho era la carta tapada de Francesco. Entonces pedí tiempo. Para pensar, dije, pero en realidad sólo quería saborear la sensación de ebriedad que se vive cuando se hacen trampas en el juego y se está seguro de ganar.

– No tengo más remedio que mirar -dije un minuto después con el tono resignado de quien intuye que va a perder la mano y, encima, ha sido engatusado por un jugador más astuto y más afortunado. El gordo tenía dos ases y yo, en cambio, tres reyes. Así que gané un pozo de casi tres millones, más del sueldo mensual de mi padre por entonces.

En aquel punto el gordinflón estaba verdaderamente fuera de sí. Era obvio que le fastidiaba perder. Pero más le enfurecía perder con un imbécil. Como yo.

El aparejador ganó la mano siguiente, pero en el pozo había sólo monedas. Después le tocó a Francesco dar cartas. Mezcló como de costumbre, de manera común, hizo cortar y distribuyó.

Primero la carta cubierta y después la descubierta. Una dama para mí, un rey al gordinflón, siete al agrimensor, as para él.

– Doscientos. En esta mano me desquito.

El gordo lo miró con asco. Aficionado miserable, decía su mirada. Puso los doscientos y después también jugué yo. El aparejador, no.

Las cartas dieron otra vuelta mientras yo me esforzaba en no mirar las manos de Francesco, aunque sabía que de todos modos no habría visto nada extraño. Ni yo ni los demás. Otra dama para mí, otro rey al gordo, otro as para él.

– Si queréis jugar con estos ases tenéis que pagar. Trescientos.



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