El gordo pagó sin decir nada, con la misma mirada de antes. Yo me quedé pensando un poco, toqué las fichas que tenía delante y después puse el dinero, con aire de estar poco convencido.

Cuarta carta. Diez para mí, jota al gordo, siete para Francesco.

– Otra vez trescientos.

– Veo -dije yo.

– Hasta quinientos -dijo el gordo con su tono de profesional, humedeciéndose el labio superior, mientras se esforzaba por controlar su entusiasmo. Su carta cubierta era una jota y pensaba que ésa sería su mano. Tanto Francesco como yo jugamos. Yo tenía el aire de quien se lo está haciendo encima y piensa que el juego empieza a ponerse demasiado serio para él.

Última carta. Otro diez para mí, otra jota para el gordo, dama para Francesco, que hizo un gesto de rabia cruzando sus cartas. Era obvio que no podía jugar y que, por lo que parecía, había tirado un millón neto. Murmuró algo por el estilo pero el gordo lo ignoró. Tenía un full de jotas y reyes y ya estaba disfrutando de su triunfo sin preocuparse por los aficionados con los que había terminado por jugar. Dijo «pozo» y prendió un cigarrillo. Tenía la esperanza de que mi carta cubierta fuera otro diez. En ese caso, al tener también un full, yo jugaría y él me haría pedazos. Que debajo pudiese tener la cuarta dama del mazo era evidentemente una hipótesis que ni siquiera tomaba en consideración.

Fui a ver y, justamente, debajo tenía la última dama. De ese modo, mi full triunfaba sobre el suyo y él abandonó el tono profesional para preguntar cómo era posible que alguien tuviera semejante potra.

Firmamos en la hoja de las deudas, donde el gordo ya estaba en bancarrota, y seguimos jugando durante unos cuarenta minutos más sin que ocurriese nada en particular. El aparejador recuperó algo y el profesional perdió aún varios centenares de miles.

Al final de la partida yo era el único que ganaba. Francesco me dio casi cuatrocientas mil liras, el aparejador firmó un cheque por algo más de un millón. El gordo escribió en su chequera ocho millones doscientos mil.



4 из 190