
El padre Tyndale se quedó pensando y dijo:
– Era un hombre grandote, con el pelo castaño y rizado y los ojos azules. Era alegre, así le recuerdo yo. Y tenía unas manos preciosas, como si fuera capaz de tocarlo todo sin estropear nada.
De ponto, Emily notó que estaba a punto de llorar, porque ya nunca conocería a Hugo. Debía de estar muy cansada. Llevaba dos días viajando, y no tenía ni idea del tipo de sitio al que se dirigía, ni hasta qué punto el tiempo y la enfermedad habrían cambiado a Susannah, por no hablar de los años de distanciamiento de la familia. Aquel viaje resultaba ridículo. No debería haber dejado que Jack la convenciera para ir.
Hacía ya más de cuatro horas que habían salido de Galway.
– ¿Cuánto tardaremos en llegar? -le preguntó al sacerdote.
– Unas dos horas -contestó él animoso-. Aquello de allí es Twelve Fins. -Señaló una cadena de colinas que ahora quedaban al norte, casi en línea recta-. Y más allá el lago de Ballynahinch. Nosotros nos desviaremos antes hacia la costa, después pasaremos Roundstone y ya habremos llegado.
Se detuvieron en otro hotel y volvieron a comer maravillosamente. Después les resultó aún más difícil volver a la oscuridad y al viento húmedo que soplaba del este.
Entonces el cielo se despejó y, mientras subían una ligera pendiente, el panorama se abrió ante ellos: el sol se derramaba sobre el agua en una llamarada escarlata y oro, como un fuego líquido que hacía brillar la tierra negra de los cabos. El sendero que tenían delante parecía incrustado de bronce. Emily notó el olor a sal en el aire, levantó los ojos un momento, y vio la parte inferior de los pájaros que cabalgaban al viento en círculo, pálida bajo la luz postrera.
El padre Tyndale sonrió sin decir nada, pero Emily sabía que la había oído inspirar profundamente.
