– Cuénteme algo del pueblo -pidió cuando el sol ya casi había desaparecido, y se dio cuenta de que el poni, que debía de conocer el camino a fuerza de la costumbre, sabía que casi había llegado a casa.

Pasaron unos minutos antes de que él contestara, y cuando lo hizo, ella captó cierto matiz de tristeza en su voz, como si estuviera rindiendo cuentas por algún error que había cometido.

– Es más pequeño que antes -dijo-. Se nos ha ido demasiada gente joven. -Se detuvo, como si le faltaran las palabras.

Emily se sintió incómoda. Aquella era una tierra con la que ni ella ni sus compatriotas tenían la menor relación, pese a que llevaban siglos allí. A ella la recibían bien porque eran hospitalarios por naturaleza. Pero ¿qué sentían realmente? ¿Qué había experimentado Susannah cuando llegó allí? No era de extrañar que se sintiera tan desesperada para pedirle a un sacerdote católico que le suplicara a algún familiar que estuviera a su lado en sus últimos días.

Carraspeó.

– De hecho, yo me refería más a las casas, las calles, la gente que usted conoce… ese tipo de cosas.

– Ya los conocerá, seguro -contestó él-. A la señora Ross la quieren mucho. Irán a visitarla, aunque sea un ratito para no cansarla, pobrecilla. Antes ella solía dar largos paseos por la costa, o subía hacia Roundstone Bog, sobre todo en primavera. Acompañaba a Hugo cuando él salía a pintar. Simplemente se sentaba a leer un libro, o iba a coger flores silvestres. Pero lo que más le gustaba era el mar. Nunca se cansaba de mirarlo. Estaba recopilando documentos sobre la familia Martin, pero no sé si siguió haciéndolo cuando cayó enferma.

– ¿Quiénes son los Martin? -preguntó Emily.

A él se le iluminó la cara.

– Oh, los Martin están emparentados con los Ross, o al revés -dijo con orgullo-. En otros tiempos eran los Flaherty y los Conneeley quienes mandaban en esta zona. Y lo que hicieron fue pelear entre sí hasta aniquilarse. Pero aun así todavía queda algún Flaherty en el pueblo, y Conneeley también, por supuesto. Y otros que ya conocerá. Pero para cuestiones de historia hay que hablar con Padraic Yorke. El sabe todo lo que hay que saber, y lo cuenta con una voz que contiene la música, la risa y el llanto de la gente de esta tierra.



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