
Se lavó en el agua que habían dejado en una jofaina junto al fuego y que estaba calentita y agradable, y se puso un sencillo vestido de día verde oscuro. Después bajó para ver si Susannah estaba despierta, y si podía ayudar en algo.
En la cocina se encontró con una mujer guapa de apenas cuarenta años, con una resplandeciente cabellera castaña y unos ojos de un peculiar tono azul verdoso y pestañas oscuras. Sonrió en cuanto se dio cuenta de la presencia de Emily.
– Buenos días tenga usted -dijo en un tono cordial-. Usted debe de ser la señora Radley. Bienvenida a Connemara.
– Gracias. -Emily entró en la cocina cálida y espaciosa, y sus pasos resonaron en el suelo de piedra-. ¿Señora O'Bannion?
La mujer sonrió de oreja a oreja.
– Esa soy yo. Y esa que oye dando golpetazos en el lavadero es Bridie. Nunca he visto a una chica tan escandalosa. ¿Qué le apetece desayunar? ¿Qué me dice de huevos revueltos, una tostada y una buena taza de té?
– Perfecto, gracias. ¿Cómo está la señora Ross?
La cara de Maggie O'Bannion se ensombreció.
– Tardará un rato en bajar, pobrecilla. A veces se encuentra bien por las mañanas, pero generalmente no.
– ¿Puedo hacer algo para ayudar? -preguntó Emily sintiéndose ridícula, pero obligada a ofrecerse.
– Disfrute de su desayuno -contestó Maggie-. Si le apetece tomar un poco de aire fresco, yo saldría ahora mismo. Se está levantando un viento capaz de abrir los cielos y es mejor que esté dentro de casa cuando empeore.
Emily miró hacia la ventana.
– Gracias. Seguiré su consejo, pero no parece que vaya a hacer mal tiempo.
