
– No, gracias -dijo Emily enseguida-. He comido espléndidamente. La señora O'Bannion es una cocinera excelente, o tú.
– Yo sé hacer pasteles y poco más -repuso Susannah. Sonrió, pero parecía terriblemente cansada-. Gracias por venir, Emily. Estoy segura de que habrías preferido pasar las Navidades en casa. Por favor, no te sientas obligada a negarlo. Soy muy consciente de lo que te estoy pidiendo. Pero espero que aquí te sientas cómoda, y bien recibida. Hay una chimenea en tu habitación, y turba en un cajón para reponerla. Es mejor no dejar que se apague. A veces cuesta que vuelva a prender. -Se puso en pie despacio, como si intentara asegurarse de no vacilar ni tropezar-. Ahora, si me perdonas, creo que me iré arriba. Por favor, déjalo todo como está. La señora O'Bannion se ocupará cuando venga por la mañana.
* * *
Emily durmió tan bien que apenas se movió en la cama, pero cuando se despertó al oír las rachas de viento en los aleros, se sintió confusa un momento sin saber dónde estaba. Se sentó, vio las brasas de la hoguera y entonces tuvo un sobresalto al recordar que no había ninguna criada para ayudarla. Más le valía recargarla enseguida, antes de que se apagara del todo.
Sorprendentemente, al salir de la cama el aire no resultó tan gélido como había esperado. Cuando ya había colocado turba nueva en la chimenea, abrió las cortinas y al contemplar la vista se quedó atónita. El panorama era impresionante. El cielo era un torbellino de nubes en movimiento, como un reflejo del mar proceloso que había debajo, olas coronadas de espuma blanca y agua gris subiendo y bajando. Hacia la derecha, una prolongada lengua de rocas oscuras e irregulares en la lejanía. Debajo, una playa de arena con la marea alta y amenazante. Hacia la izquierda la tierra era más ondulada y se extendía con una alternancia de arena y rocas, hasta desaparecer en un cinturón de lluvia, donde los perfiles se fundían uno con otro. Era algo feroz, primitivo, pero poseía una belleza que ningún paisaje estático podía igualar.
