
Entonces Emily contempló el inhóspito paisaje. El viento mecía y doblegaba los pastos crecidos, que parecían agua bajo la sombras. Pájaros silvestres volaban en lo alto; ella contó por lo menos doce tipos de aves distintas. Apenas había árboles, solo tierra húmeda que brillaba con los ocasionales rayos de sol, y de vez en cuando una imagen del lago del que había hablado el padre Tyndale, en cuyas orillas crecían juncos altos como puñales negros. No se oía apenas ningún ruido, aparte de los cascos del caballo sobre el camino y el silbido del viento.
¿De qué se arrepentía Susannah? ¿De su matrimonio? ¿De la pérdida de contacto con su propia familia? ¿De llegar allí como una forastera, a aquel lugar en los confines del mundo? Fuera lo que fuese, ya era demasiado tarde para remediarlo. Tanto el marido de Susannah como el padre de Emily habían muerto; ya nada de lo que le dijera a nadie tenía importancia. ¿Deseaba la presencia de alguien del pasado, para tener la sensación de que a alguno de ellos le importaba? ¿O diría que les quería y que lo sentía mucho?
Debían de llevar como mínimo una hora de viaje. A Emily le parecía más. Estaba entumecida, tenía frío, y gran parte del cuerpo empapado, además.
Pasaron junto al primer cruce de caminos que había visto y le desilusionó comprobar que no cogían ningún desvío. Le preguntó al padre Tyndale por ello.
– Moycullen -contestó él con un amago de sonrisa-. Por la izquierda se llega a Spiddal, y al mar, pero ese camino es más largo. Este es mucho más rápido. Dentro de una hora más o menos estaremos en Oughterad y pararemos a comer algo. Le apetecerá, no lo dude.
¡Una hora más! ¿Cuánto iba a durar aquel viaje? Emily tragó saliva.
– Sí, gracias. Eso me encantaría. ¿Y luego hacia dónde?
– Oh, seguiremos un poco más hacia el oeste, hasta Maam Cross, después hacia el sur por la costa, a través de Roundstone; y unos pocos kilómetros más, y habremos llegado.
