
– Sí, por supuesto -asintió Emily, abrigándose más con la manta. Tenía la sensación de que debía añadir algo.
El miraba al frente con decisión, concentrado en la conducción, y ella se preguntó por qué. No podían ir a ninguna parte que no fuera seguir el sinuoso sendero que tenían delante, y el poni parecía conocer el trayecto perfectamente bien. Si el padre Tyndale hubiera optado por atar las riendas a la anilla de hierro y se hubiera dormido, sin duda habría llegado a casa sin el menor contratiempo. Aun así, aquel silencio exigía algo.
– Dijo usted que mi tía está muy enferma -empezó ella, a modo de tanteo-. Yo nunca he cuidado a un enfermo. ¿Qué podré hacer por ella?
– Por eso no debe preocuparse, señora Radley -respondió el padre Tyndale con dulzura-. Seguro que la señora O'Bannion estará allí para ayudarla. La muerte llegará cuando tenga que llegar. Eso no puede remediarlo nadie, solo se le pueden proporcionar ciertos cuidados entretanto.
– ¿Sufre… muchos dolores?
– No, no muchos, físicos al menos. Y el doctor la visita siempre que puede. Es más bien una carga espiritual, el recuerdo de cosas pasadas… -Dio un gran suspiro y se le ensombreció un poco la cara; no debido al efecto cambiante de la luz, sino más bien por algo interior-. Remordimientos, cosas que hay que hacer antes de que sea demasiado tarde -añadió-. A todos nos pasa lo mismo, pero cuando sabes que te queda poco tiempo, resulta más apremiante, ¿comprende?
– Sí -dijo Emily abatida, al recordar aquella desagradable despedida, cuando Susannah había informado a la familia de que iba a volver a casarse, no con alguien que ellos aprobaban, sino con un irlandés que vivía en Connemara. Eso en sí mismo no era grave. El agravio era que Hugo Ross era católico.
Emily había preguntado en aquel momento por qué demonios tenía tanta importancia aquello, pero su padre se había disgustado y le había dolido mucho porque consideraba que su hermana había traicionado los dictados de la historia y era desleal con el pasado.
