
– ¿Algo va mal?
Ahora me observa serio, con una sonrisa disgustada pero sereno. Y yo permanezco en silencio por unos instantes. Después, decido abrirme, hablarle.
– Me siento traicionado por la vida. No debería transcurrir así. No sin darme el tiempo que necesito…, para ti, para mí, para poder seguir hablándote…
El sonríe y me apoya una mano en el hombro.
– ¿Qué más querías decirme? No siempre es preciso hablar para decir algo. Y tú me has dicho muchas cosas…
– Sí, lo sé. Pero me gustaría no tener dudas.
El cierra ahora los ojos como diciendo «tienes razón», y me deja hablar. Y logro por fin decírselo todo, es decir, mucho, y muchísimo más. Todo lo que siempre había querido decirle y, no sé por qué, nunca le había dicho. Y lo hago con vehemencia, con pasión, mezclando un poco de todo, intentando no dejarme nada. Es exactamente como cuando has pasado una velada estupenda en compañía de un amigo, has hablado de muchas cosas, y quizá ha habido una en relación con la que ambos os habéis bloqueado, un nombre que no os venía a la cabeza a ninguno de los dos, y que, sin embargo, habéis sabido siempre. Pero ya no tienes tiempo, debes volver a casa. Y, justo cuando estás regresando, lo recuerdas de golpe. Y entonces querrías llamar en seguida a ese amigo y decirle: «Eh, ¿sabes que me he acordado?», y dices el nombre de aquella canción o de aquel actor o de aquella película o de aquel libro que tanto te gustaría que él leyese…
