
De cuando en cuando, hacía que me acompañaran, y volvíamos como si hubiéramos hecho la compra. Estaban todos allí: abogados, notarios, contables, médicos…, tendidos en aquellas tumbonas con sus mujeres, sonriendo y charlando y contando chistes y hablando de los nuevos fichajes de su amado equipo de fútbol, y gastándose también bromas entre sí. Se lanzaban cubos de agua de mar, y el culpable salía en seguida corriendo, justificando la razón de ese gesto, casi siempre por haber perdido a las cartas la noche anterior, o por cualquier otra cosa que sólo ellos sabían.
Y estaba también aquella bellísima mujer. De otro grupo de amigos, de la misma edad, simpáticos también ellos. Alta, morena, con la cintura estrecha y el cabello rizado que le caía sobre los hombros, y una sonrisa preciosa, y unos pechos grandes, y aquellos ojos oscuros y profundos. Llevaba siempre bañadores de vivos colores y me gustaba muchísimo. No tanto como mi madre, claro. Pero era hermosa de una manera distinta. No sé por qué siempre me gustaba salirle al encuentro y saludarla. Ahora no me acuerdo bien, pero me parece que daba una vuelta a propósito para pasar justo por donde ella tenía su tumbona. Y ella siempre me sonreía, pero nunca conseguí decirle nada más. Además, tampoco sé qué podría haberle dicho…
– ¿En qué estás pensando?
– Oh, en nada…
Sonrío, ligeramente azorado.
