Él sí que no ha envejecido nada. Mar de mi juventud, de mis primeras indecisiones en el amor. De miedos y diversión y crecimiento. Anzio, estoy en Anzio. Y, así, echo a andar por la orilla.

Ya está. El gran animal acaba de despertarse, se está desperezando. Pequeñas olas lentas, silenciosas, quizá también un poco temerosas, intentan subirse a la playa. Se despliegan con suavidad. Tiñen de oscuro la arena seca aún. Y luego dibujan siluetas, pequeños países, extrañas geografías fantásticas. Y vuelven de repente atrás, indecisas incluso de ese simple paso. Tan breve. Tan corto. Tan ligero. Tan delicadamente educado. Como diciendo: «Eh, yo también estoy aquí…»

Sonrío. Es verdad, lo sé. Tú no faltas nunca. Tú nos has vivido, tú nos has observado desde lejos. Y sabe Dios cuántas otras cosas conocerás también. Tú y otros después de nosotros. Y yo, mar, te envidio. Pero en seguida vuelves a conquistarme. Gomo siempre. El mar está por todas partes a mi alrededor. Es mucho. Lo es todo. Es infinito. Y no hay necesidad de esas olitas que rompen de cuando en cuando para saber de su presencia. Se lo siente al respirar, en el aire, en ese reflejo del sol que, capturado de improviso, se desliza por las olas lejanas perdiéndose allá al fondo, en el horizonte. El mar es testigo, es espectador, es un amigo curioso pero educado. El mar siempre me ha hecho compañía y a menudo he elegido tenerlo junto a mí.

Como ahora, con ocasión de este encuentro. Por el que he rogado. Durante mucho tiempo. En silencio. He pedido tener un poco más de tiempo para mí, para él, en fin, un instante más para nosotros. Y ya sé que, de todos modos, no nos bastará. Y no tengo la certeza de poder tenerlo, de ver cumplido mi sueño imposible. He ido más allá de aquello que está en nuestra mano pedir, obtener, poder sencillamente tener. No es como tantos deseos de la vida que pueden conquistarse con esfuerzo. Es un sueño imposible. Es verdad. Pero si no lo fuera, ¿para qué servirían los ruegos?



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