
Me siento en un patín, uno de esos modernos, todo hecho de resina. Frío y triste, como son las cosas de hoy. Desprovistas de alma, de amor, del esfuerzo de un hombre, de aquel artesano, de aquel operario que ha trabajado en él. Durante mucho tiempo. Acepillándolo, sudando, eligiendo las curvas y los colores, viendo en el momento clave aquella gota de sudor que abandona su frente para caer en el vacío y rubricar de golpe, con su simple vuelo, aquel viejo patín, y la importancia, la honestidad de su largo trabajo. Así, me siento en el patín y, como por arte de magia, el plástico frío se colorea de rojo. Y encuentro aquellas viejas letras de molde blancas, ligeramente desvaídas: las leo y sonrío ante la palabra «salvamento». Y ahora los remos son rojos, como todo el casco, de repente de madera lacada, de un rojo desconchado. Y las pequeñas rejillas a los pies del asiento están sujetas con clavos precisos, impecables. Así, me siento en él, apoyo en él las piernas, me estiro, cojo los remos e intento remar en el vacío, suspendido sobre aquellos altos caballetes, sobre la arena, a un paso del mar. Los escálamos son de latón viejo, perfectamente engrasados, esmaltados, con las puntas redondeadas para que nadie pueda hacerse daño, ni siquiera accidentalmente. Y subo y bajo los remos, que se mueven ligeros. Luego, apercibiéndome de lo tonto que soy, vuelvo a dejarlos dentro de la barca. O, mejor dicho, sobre el patín. Y, dentro, los cruzo, apoyándolos lentamente sobre los extremos, encajándolos en el fondo, bajo el pequeño pomo circular.
Y me quedo así, mirando fijamente el mar lejano, ese mismo mar que me ha hecho compañía durante muchos años. Y que ahora echo de menos. Como muchas otras cosas, por otro lado. Como las ganas de tener aún sueños e incertidumbres, y miedos e indecisiones y entusiasmo. Y de no sentirme traicionado. En mis ideales, en mi físico, en el mundo que me rodea. En las esperas, en la esperanza de que alguien me sorprenda. Eso es, querría volver a quedarme sorprendido y encantado, como antes, al descubrir algo que me deja sin palabras, algo que yo no podría haber imaginado jamás. Pero no es así. Ya no. Y desde hace demasiado tiempo.
