– Es Mandy Price, de la agencia, señorita Claudia.

La habitación, que después del reducido despachito exterior le pareció muy grande, tenía el suelo de parquet. Mandy la cruzó en dirección a un escritorio situado a la derecha de la ventana del otro extremo. Una mujer alta y morena se levantó para recibirla, le estrechó la mano y la invitó a tomar asiento con un ademán.

– ¿Ha traído su curriculum vitae? -le preguntó.

– Sí, señorita Etienne.

Era la primera vez que le pedían un currículo, pero la señora Crealey había estado en lo cierto; evidentemente, se esperaba que lo presentara. Mandy introdujo la mano en la bolsa adornada con borlas y bordados llamativos -un trofeo de las vacaciones en Creta del verano anterior- y le entregó tres hojas pulcramente mecanografiadas. Mientras la señorita Etienne las estudiaba, Mandy examinó a la señorita Etienne.

Concluyó que no era joven; ciertamente, más de treinta años. Tenía un rostro de facciones angulosas y tez pálida y delicada, y unos ojos de iris oscuro, casi negro, algo saltones y encajados bajo unos gruesos párpados. Sobre ellos, las cejas depiladas formaban un pronunciado arco. El cabello corto, muy cepillado para darle brillo, estaba peinado con raya a la izquierda, y los mechones que colgaban quedaban recogidos tras la oreja derecha. Las manos que reposaban sobre el curriculum vitae carecían de anillos, los dedos eran muy largos y finos, las uñas no estaban pintadas.

Sin alzar la vista, la señorita Etienne preguntó:

– ¿Se llama usted Mandy o Amanda Price?

– Mandy, señorita Etienne.

En otras circunstancias, Mandy habría señalado que, si se llamara Amanda, el currículo lo indicaría así.

– ¿Ha trabajado antes en una editorial?

– Sólo unas tres veces en los dos últimos años. En la tercera página del currículo aparecen los nombres de todas las empresas para las que he trabajado.



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