
La señorita Etienne siguió leyendo hasta que al fin alzó la mirada y sus ojos brillantes y luminosos examinaron a Mandy con más interés del que había demostrado anteriormente.
– Al parecer le fue muy bien en la escuela, pero desde entonces ha tenido una extraordinaria variedad de empleos. No ha permanecido en ninguno más de unas cuantas semanas.
En tres años de tentaciones, Mandy había aprendido a reconocer y esquivar la mayoría de las maquinaciones del sexo masculino, pero cuando tenía que tratar con su propio sexo se sentía menos segura. Su instinto, agudo como un diente de hurón, le indicaba que debía manejar a la señorita Etienne con suma cautela. Pensó: «En eso consiste el trabajo interino, vacaburra. Hoy estás aquí y mañana te has ido.» Lo que dijo fue:
– Por eso me gusta el trabajo interino. Quiero obtener una experiencia lo más amplia posible antes de aceptar un empleo permanente. Cuando lo haga, me gustaría conservarlo y desarrollar mi trabajo con éxito.
Esta declaración distaba mucho de ser veraz. Mandy no tenía intención de aceptar un empleo permanente. El trabajo interino, con su libertad de contratos y condiciones de servicio, su variedad, el conocimiento de que no estaba atada, de que incluso la peor experiencia laboral podía terminar el viernes siguiente, le convenía a la perfección; sus proyectos, empero, apuntaban en otra dirección. Mandy estaba ahorrando para el día en que, con su amiga Naomi, pudiera montar una tiendecita en Portobello Road. Allí, Naomi crearía sus joyas, Mandy diseñaría y confeccionaría sus sombreros, y las dos alcanzarían rápidamente la fama y la fortuna.
La señorita Etienne miró de nuevo el curriculum vitae y dijo con sequedad:
– Si su ambición consiste en encontrar un empleo permanente y desarrollar su trabajo con éxito, es usted un caso único en su generación.
