Le devolvió el currículo con un gesto brusco e impaciente, alzó la cabeza y prosiguió:

– Muy bien. Le daremos una prueba de mecanografía. Veremos si es tan buena como asegura. En la oficina de la señorita Blackett, en la planta baja, hay un ordenador libre. Es donde usted tendrá que trabajar, así que puede hacer la prueba allí mismo. El señor Dauntsey, nuestro editor de poesía, tiene una cinta por transcribir. Está en el despachito de los archivos. -Se puso en pie y añadió-: Iremos a buscarla juntas. Conviene que se haga una idea de la distribución de la casa.

Mandy preguntó:

– ¿Poesía?

Podía resultar peliagudo transcribir una grabación. Según su experiencia, en la poesía moderna era difícil decir dónde empezaban y terminaban los versos.

– No es poesía. El señor Dauntsey está examinando los archivos para hacer un informe recomendando qué expedientes habría que conservar y cuáles habría que destruir. La Peverell Press lleva publicando desde 1792. En los archivos antiguos hay algún material interesante y debería catalogarse adecuadamente.

Mandy bajó tras la señorita Etienne la amplia escalinata curva, cruzó de nuevo el vestíbulo y volvió a la sala de recepción. Por lo visto iban a utilizar el ascensor, que sólo podía cogerse en la planta baja. No le pareció la manera más apropiada de hacerse una idea de la distribución de la casa, pero el comentario había sido prometedor; al parecer, el empleo era suyo, si lo quería. Y desde aquella primera visión del Támesis, Mandy sabía que sí lo quería.

El ascensor era pequeño -apenas un metro cuadrado- y, mientras las subía entre gruñidos, Mandy se sintió muy consciente de la alta y silenciosa figura cuyo brazo rozaba el suyo. Mantuvo la mirada fija en la rejilla del ascensor, pero su olfato percibía el perfume de la señorita Etienne, sutil y un tanto exótico, aunque tan leve que quizá ni siquiera se tratase de un perfume, sino tan sólo de un jabón caro. Todo lo que envolvía a la señorita Etienne le parecía caro a Mandy: el lustre apagado de la blusa, que sólo podía ser de seda; la doble cadena y los pendientes de oro; y la chaqueta de punto colgada informalmente de los hombros, que poseía la fina suavidad del cachemir.



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