
No habría hecho falta ningún olor para que Mandy supiera que estaba contemplando la muerte. No gritó -nunca había gritado por miedo ni a causa de un sobresalto-, pero un puño gigante enfundado en un guante de hielo le aferró y retorció el corazón y el estómago de tal modo que empezó a temblar con violencia, como una niña rescatada de un mar helado. Ninguna de las dos habló, pero ambas se acercaron a la cama -Mandy pegada a la espalda de la señorita Etienne- con pasos sigilosos, casi imperceptibles.
La mujer yacía sobre una manta a cuadros y había cogido la almohada de debajo para recostar en ella la cabeza, como si aun en los instantes postreros de conciencia hubiera necesitado esta última comodidad. Junto a la cama había una silla sobre la que descansaban una botella de vino vacía, un vaso sucio y un frasco grande con tapón de rosca. Bajo ella habían colocado un par de zapatos de cordones de color marrón, el uno junto al otro. Mandy pensó que quizá se los había quitado porque no quería ensuciar la manta. Pero la manta estaba sucia, al igual que la almohada. Un rastro de vómito, como la baba de un caracol gigante, se adhería a la mejilla izquierda y volvía rígida la almohada. La mujer tenía los ojos entreabiertos y en blanco, y su cabellera gris, peinada con flequillo, apenas estaba desordenada. Llevaba un jersey marrón de cuello alto y una falda de tweed de la que sobresalían, como un par de palos, dos piernas flacas extrañamente torcidas. El brazo izquierdo estaba extendido hacia fuera, casi tocando la silla, y el derecho reposaba sobre el pecho. Antes de morir, la mano derecha había estrujado la fina lana del jersey y había tirado de él hacia arriba, dejando al descubierto unos centímetros de camiseta. Junto al frasco de píldoras vacío había un sobre cuadrado con unas palabras escritas en vigorosa caligrafía negra.
