
– ¿Quién es? -susurró Mandy con tanta reverencia como si estuviera en la iglesia.
La señorita Etienne habló con voz serena.
– Sonia Clements. Una editora de la casa.
– ¿Iba a trabajar para ella?
Mandy se dio cuenta de que la pregunta era irrelevante nada más hacerla, pero la señorita Etienne respondió:
– Por algún tiempo, sí, pero no mucho. Se marchaba a final de mes.
Recogió la carta como si quisiera sopesarla entre las manos. Mandy pensó: «Querría abrirla, pero no delante de mí.» Al cabo de unos segundos, la señorita Etienne observó:
– Dirigida al juez. Resulta evidente lo que ha ocurrido, aun sin esto. Lamento que haya sufrido este sobresalto, señorita Price. Ha sido una falta de consideración por su parte. Si alguien quiere matarse, debería hacerlo en su casa.
Mandy pensó en la callejuela de Stratford East, la cocina compartida, el único cuarto de baño y su reducida habitación en la parte de atrás de una casa en la que sería tener mucha suerte encontrar suficiente intimidad para tragarse las píldoras, por no hablar de morir a causa de ello. Se obligó a mirar de nuevo la cara de la mujer. Sintió el impulso repentino de cerrarle los ojos y la boca, que había quedado ligeramente abierta. De modo que eso era la muerte; o, mejor dicho, eso era la muerte antes de que los de la funeraria te pusieran las manos encima. Mandy sólo había visto a otra persona muerta: su abuela, pulcramente amortajada con un volante en torno al cuello, empaquetada en el ataúd como una muñeca en una caja para regalo, curiosamente disminuida y con una apariencia más sosegada de lo que jamás había tenido en vida, cerrados los brillantes e inquietos ojos, las manos siempre afanosas recogidas por fin en quietud.
