– ¿Dudas? -dijo ella-. ¿Dudas? ¿Qué dudas puede haber?

Había ido bajando la voz y, ahora, ambos hablaban casi en susurros. De un modo casi imperceptible, se alejaron del tabique en dirección a la ventana.

– Habladurías, entonces -respondió Gerard-, rumores, escándalo. Llamaremos a la policía desde aquí. No hay necesidad de pasar por la centralita. Si la bajan en el ascensor, seguramente podremos sacarla del edificio antes de que el personal se entere de lo ocurrido. Está George, claro. Supongo que será mejor que la policía entre por esa puerta. Habrá que decirle a George que no se vaya de la lengua. ¿Dónde está ahora la chica de la agencia?

– Ya te lo he dicho. Está al lado, en el despacho de Blackie, haciendo la prueba de mecanografía.

– O, más probablemente, contándole a Blackie y a todos los que se le acerquen que la llevaron a buscar una cinta y encontraron un cadáver.

– Les he pedido a las dos que no digan nada hasta que se lo hayamos anunciado a todo el personal. Gerard, si crees que puedes mantener esto en secreto aunque sólo sea durante un par de horas, quítatelo de la cabeza. Habrá una investigación, y eso implica publicidad. Y tendrán que bajarla por la escalera; es imposible meter una camilla con un cadáver en ese ascensor. Pero, Dios mío, ¡era lo único que nos faltaba! Después de lo otro, va a ser espléndido para la moral de los empleados.

Hubo unos instantes de silencio durante los cuales ninguno de los dos se acercó al teléfono. Luego ella se volvió hacia su hermano y le preguntó:

– El pasado miércoles, cuando la pusiste en la calle, ¿cómo se lo tomó?

– No se ha matado porque la echara. Era una mujer racional y sabía que tenía que irse. Debía de saberlo desde el día en que me hice cargo de la empresa. Siempre dejé bien claro que en mi opinión teníamos un editor de más, que podíamos darle parte del trabajo a un colaborador externo.

– Pero tenía cincuenta y tres años. No le habría resultado fácil encontrar otro empleo. Y llevaba veinticuatro años en la empresa.



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