– ¿La chica la ha encontrado? -Hizo una pausa y añadió-: ¿Dónde está ahora?

– Ya te lo he dicho, en el despachito de los archivos. No hemos tocado el cuerpo. ¿Por qué habíamos de hacerlo?

– Quiero decir que dónde está la chica.

– Al lado, con Blackie, pasando la cinta a máquina. No malgastes tu compasión. No estaba sola y no hay sangre. Esta generación es dura. Ni siquiera parpadeó. Lo único que le preocupaba era conseguir el empleo.

– ¿Estás segura de que ha sido suicidio?

– Naturalmente. Ha dejado esta nota. Está abierta, pero no la he leído.

Claudia le entregó el sobre; luego se acercó a la ventana y se quedó mirando al exterior. Tras un par de segundos, él alzó la solapa del sobre y extrajo cuidadosamente el papel. Leyó en voz alta:

– «Lamento causar molestias, pero me ha parecido que era el mejor sitio que podía utilizar. Seguramente será Gabriel quien me encuentre y está demasiado familiarizado con la muerte para conmocionarse. En casa, ahora que vivo sola, quizá no me hubieran descubierto hasta que empezara a apestar, y considero que se debe mantener cierta dignidad incluso en la muerte. He dejado mis asuntos en orden y le he escrito a mi hermana. No estoy obligada a explicar el motivo de mi acto, pero, por si a alguien le interesa, diré que sencillamente prefiero la extinción a seguir existiendo. Es una elección razonable y todos tenemos derecho a hacerla.» -Luego añadió-: Bien, está bastante claro, y de su propia mano. ¿Cómo lo ha hecho?

– Con píldoras y alcohol. Como ya he dicho, no hay mucho desorden.

– ¿Has llamado a la policía?

– ¿A la policía? Aún no he tenido tiempo. He venido directa a verte. ¿De verdad crees que es necesario, Gerard? El suicidio no es delito. ¿No podríamos llamar sencillamente al doctor Frobisher?

– No sé si es necesario -replicó él con sequedad-, pero desde luego es lo más conveniente. No queremos que haya dudas sobre esta muerte.



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