
La señora Crealey, botella de jerez en una mano y hoja de bloc en la otra, masticó la boquilla hasta desplazarla a la comisura de los labios -donde quedó colgando, como de costumbre, en abierto desafío a la ley de la gravedad- y contempló con los ojos entornados su casi indescifrable caligrafía a través de unas enormes gafas con montura de concha.
– Es un cliente nuevo, Mandy, la Peverell Press. La he buscado en el directorio de editores y se trata de una de las editoriales más antiguas del país, quizá la más antigua, fundada en 1792. Tiene las oficinas junto al río. Peverell Press, Innocent House, Innocent Walk, Wapping. Si has hecho una excursión en barca a Greenwich tienes que haber visto Innocent House. Parece un puñetero palacio veneciano. Por lo visto disponen de una lancha que recoge a los empleados en el muelle de Charing Cross, pero como vives en Stratford a ti no te soluciona nada. Por otra parte, está en tu mismo lado del Támesis y eso te facilitará el viaje. Supongo que lo mejor será que vayas en taxi. Procura que te lo paguen antes de irte.
– No importa, iré en moto.
– Como prefieras. Quieren que estés allí el martes a las diez.
La señora Crealey estuvo a punto de sugerir que, con este prestigioso cliente nuevo, tal vez fuese adecuada cierta formalidad en el vestir, pero desistió. Mandy podía aceptar algunas sugerencias en cuanto a su trabajo o su comportamiento, pero nunca respecto a las excéntricas y a veces estrambóticas creaciones por medio de las cuales expresaba su personalidad, esencialmente confiada y efervescente.
– ¿Por qué el martes? -preguntó-. ¿Es que los lunes no trabajan?
