
– A mí no me lo preguntes. Yo sólo sé que la chica que llamó dijo el martes. Quizá la señorita Etienne no pueda verte antes. Es uno de los directores y quiere entrevistarte personalmente. La señorita Claudia Etienne, lo tengo todo anotado.
– ¿A qué viene tanto interés? -quiso saber Mandy-. ¿Por qué ha de entrevistarme la jefa?
– Uno de los jefes. Supongo que no contratan a cualquiera. Me han pedido la mejor y les mando la mejor. Por supuesto, tal vez anden buscando una chica fija y quieran tenerla primero a prueba. No te dejes convencer para quedarte, Mandy, ¿lo harás?
– ¿Lo he hecho alguna vez?
Tras aceptar una copa de jerez dulce y acurrucarse en uno de los sillones, Mandy estudió el papel. Desde luego, era extraño que el presunto jefe quisiera entrevistarla antes de empezar el trabajo, aun cuando, como era el caso, fuese la primera vez que el cliente trataba con la agencia. Todas las partes conocían perfectamente el procedimiento habitual. El cliente en apuros llamaba por teléfono a la señora Crealey para pedirle una taquimecanógrafa interina y le imploraba que esta vez enviara a una chica que no fuese analfabeta y supiera escribir a máquina a una velocidad que por lo menos se acercase a la que declaraba. La señora Crealey prometía milagros de puntualidad, eficiencia y escrupulosidad, y luego enviaba a cualquier chica que en aquellos momentos estuviera libre y se dejara engatusar como mínimo para intentarlo, con la esperanza de que esta vez llegaran a coincidir las expectativas del cliente y de la trabajadora. A las protestas subsiguientes, la señora Crealey oponía una respuesta invariablemente quejumbrosa: «No lo comprendo. En todos los demás sitios me han dado unos informes excelentes de ella. Siempre me están pidiendo a Sharon.»
El cliente, que acababa sintiéndose en cierto modo culpable del desastre, colgaba el aparato con un suspiro y urgía, alentaba y soportaba hasta que la agonía mutua llegaba a su fin y la empleada fija regresaba a su puesto para encontrarse con una halagüeña acogida.
