
– Puedes tomarte el lunes libre, Mandy, con el sueldo completo, naturalmente -dijo la señora Crealey-. Y será mejor que pases a máquina tu historial, especificando estudios y experiencia laboral. Pon arriba «curriculum vitae», eso impresiona siempre.
El curriculum vitae de Mandy, y la propia Mandy -pese a su excéntrico aspecto-, nunca dejaban de impresionar. Esto debía agradecérselo a su profesora de lengua, la señora Chilcroft. La señora Chilcroft, plantada ante una clase de recalcitrantes niñas de once años, les había dicho: «Vais a aprender a escribir vuestra propia lengua con sencillez, con precisión y con cierta elegancia, y a hablarla de tal manera que no quedéis en desventaja nada más abrir la boca. Si ambicionáis algo más que casaros a los dieciséis años y criar hijos en un piso de protección oficial, necesitaréis el idioma. Si no tenéis otras ambiciones que ser mantenidas por un hombre o por el Estado, lo necesitaréis todavía más, aunque sólo sea para saliros con la vuestra ante la sección local de la Asistencia Social y el Departamento de Sanidad y Seguridad Social. Pero aprenderlo, lo aprenderéis.»
Mandy nunca logró discernir si odiaba a la señora Chilcroft o la admiraba, pero, bajo su inspirada aunque poco convencional tutela, no sólo aprendió a hablar y escribir correctamente, sino a utilizar su lengua con seguridad y algo de gracia. Por lo general, prefería fingir que no había alcanzado este logro. Pensaba, aunque nunca formulaba tal herejía, que no valía la pena sentirse a sus anchas en el mundo de la señora Chilcroft si no era aceptada en el suyo propio.
