Tras una semana de lluvia casi continua, el martes prometía ser un buen día, con vislumbres de un sol esporádico que mandaba sus rayos a través de las masas de nubes bajas. El trayecto desde Stratford East no era largo, pero Mandy había salido con tiempo de sobra, de manera que sólo eran las diez menos cuarto cuando dejó la autopista, bajó por la calle Garnet y siguió por Wapping Wall hasta girar a la derecha en Innocent Walk. Reduciendo la velocidad a la de un transeúnte, se bamboleó sobre los adoquines de un amplio callejón sin salida limitado al norte por un muro de ladrillo gris de tres metros de altura y al sur por los tres edificios que albergaban la Peverell Press.

A primera vista, Innocent House le resultó decepcionante. Era una casa de estilo georgiano, imponente pero ordinaria, con unas proporciones que Mandy sabía -más que sentirlo- que eran airosas y, en apariencia, no muy distinta de otras que había visto en las plazuelas y las calles residenciales de Londres. La puerta principal estaba cerrada y no vio ningún signo de actividad tras los cuatro pisos de ventanas de ocho cristales, las dos inferiores con un elegante balcón de hierro forjado cada una. A ambos lados del edificio había sendas casas, más pequeñas y menos ostentosas, despegadas y un poco distanciadas de aquél, como un par de parientes pobres y deferentes. La joven se encontraba ante la primera de éstas, la número 10 -aunque no se veía ni rastro de los números 1 al 9-, y advirtió que estaba separada del edificio principal por Innocent Passage, un camino particular protegido con una cancela de hierro forjado y obviamente utilizado como aparcamiento para los automóviles del personal. Pero en aquellos momentos la cancela estaba abierta y Mandy vio a tres hombres que, por medio de una polea, bajaban grandes cajas de cartón desde un piso alto y las cargaban en una furgoneta. Uno de los tres, un hombre moreno y achaparrado que llevaba un enorme sombrero de monte, se descubrió y le dedicó a Mandy una pronunciada reverencia irónica. Los otros dos apartaron la vista de su trabajo para observarla con evidente curiosidad. Mandy alzó la visera del casco y les dirigió a los tres una larga y desalentadora mirada.



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