La segunda de las casas laterales quedaba separada de Innocent House por Innocent Lane. Era allí, según las instrucciones que había recibido de la señora Crealey, donde encontraría la entrada. Paró el motor, echó pie a tierra y empujó la moto sobre los adoquines buscando un sitio discreto donde aparcarla. Fue entonces cuando avistó por primera vez el río, un angosto centelleo de agua estremecida bajo el cielo cada vez más claro. Después de aparcar la Yamaha se quitó el casco, hurgó en la maleta lateral en busca del sombrero, se lo puso y, a continuación, con el casco bajo el brazo y cargada con su bolsa, se encaminó hacia el agua como si se sintiera físicamente atraída por el poderoso tirón de la marea, por el aroma leve y evocador del mar.

Se encontró en una espaciosa terraza de mármol refulgente, delimitada por una barandilla baja de hierro delicadamente forjado y con un globo de vidrio en cada esquina sostenido por delfines de bronce entrelazados. De una abertura situada en mitad de la barandilla nacía un tramo de escalera que descendía hacia el río. Mandy oyó su chapaleteo rítmico contra la piedra. Se dirigió poco a poco hacia él sumida en una especie de éxtasis, como si no lo hubiera visto nunca. Ante sus ojos rielaba el río, una amplia extensión de agua movediza jaspeada por el sol, que, mientras ella miraba, se alzó en un millón de olitas bajo la creciente brisa como un inquieto mar interior y, luego, al amainar el viento, se asentó misteriosamente en una resplandeciente tersura. Al volverse vio por primera vez la encumbrada maravilla de Innocent House, cuatro pisos de mármol coloreado y piedra dorada que, según cambiaba la luz, parecían mudar sutilmente de matiz, aclarándose primero para oscurecerse después hasta adquirir un intenso color oro.



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