Sobre el gran arco curvado de la entrada principal, flanqueado por estrechas ventanas arqueadas, había dos pisos con anchurosos balcones de piedra labrada frente a una hilera de esbeltas columnas de mármol rematadas por arcos trebolados. Las altas ventanas arqueadas y las columnas de mármol se alzaban hasta un último piso bajo el parapeto de un techo bajo. Mandy no conocía ninguno de los detalles arquitectónicos, pero ya había visto antes casas así, en un tumultuoso y mal dirigido viaje escolar a Venecia cuando tenía trece años. La ciudad apenas le había causado ninguna impresión, aparte del intenso hedor veraniego del canal -que había hecho que los colegiales se taparan la nariz y chillaran con fingida repugnancia-, los museos de pintura llenos de gente y unos edificios que, según le dijeron, eran dignos de admiración, pero que parecían estar a punto de desmoronarse sobre los canales. Había visto Venecia cuando era demasiado joven y sin la preparación adecuada. Al contemplar la maravilla de Innocent House, sintió por primera vez en su vida una reacción tardía a aquella experiencia anterior, una mezcla de pasmo admirado y alegría que la sorprendió y a la vez la asustó un poco.

Una voz masculina rompió el hechizo.

– ¿Busca usted a alguien?

Mandy se volvió y vio a un hombre que la miraba por entre los balaustres de la barandilla, como si hubiera surgido milagrosamente del río. Al acercarse, comprobó que estaba de pie en la proa de una lancha atracada a la izquierda de la escalera. El desconocido llevaba una gorra de patrón de yate, muy echada hacia atrás, sobre una desgreñada mata de rizos negros, y sus ojos eran como dos ranuras brillantes en el rostro curtido por la intemperie.

– He venido por un empleo -respondió ella-. Sólo estaba mirando el río.

– Ah, siempre está aquí, el río. La entrada es por allí -dijo el hombre, señalando con el pulgar hacia Innocent Lane.



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