Satisfecho con la coincidencia de inventario y comprobación personal, se reajustó las gafas sobre la ancha nariz, masculló «bien», se inclinó sobre el cuaderno, y siguiendo la línea con el dedo índice de la mano derecha, frunció el ceño y leyó: «número de serie 05 guión 881 guión 208345 guión b; bien; descripción, PAL 90, autoliberación de campaña para personal de infantería; cantidad, 200; alta de inventario, 04, 12, 79. Válgame el cielo, doscientos globitos vietnamitas. ¡Si yo creí que los habían destruido todos! Y hay que contarlos, sí señor». Miró hacia su izquierda. Unos metros más allá, a su misma altura, un soldado subido a una escalera similar a la que soportaba al sargento Wright resoplaba con mal disimulada indignación mientras rearreglaba las cajas que acababa de examinar el sargento. Tenía grandes manchas de sudor debajo de los brazos.

– Jack -dijo el sargento-, ven aquí, anda, que tenemos que contar estos chismes y cada uno pesa un quintal.

– ¿Qué son, sargento? -preguntó el soldado bajándose de su escalera.

Llegado al suelo, la desplazó hasta donde estaba Wright, se aseguró que estaba bien abierta y sujeta al raíl y subió cinco peldaños.

– Te vas a reír. Son globos autohinchables que deberían haber utilizado nuestros chicos en Vietnam para salir de situaciones de lío. Incluso llegó a haber en la selva patrullas que llevaban estos cacharros. Cuando veías que el enemigo te iba a achicharrar, se suponía que te atabas el globo a la cintura, tirabas de la anilla y, puf, salías volando.

El soldado lo miró con incredulidad.

– Venga ya, sargento. Se está quedando conmigo.

– Te juro que no.

– ¿Y luego qué pasaba? -Hizo un gesto con los brazos como si se dispusiera a volar.

– De veras. Luego venían avioncitos de hélice que en el morro llevaban una especie de tijeras.



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