
– Jack -dijo el sargento-, ven aquí, anda, que tenemos que contar estos chismes y cada uno pesa un quintal.
– ¿Qué son, sargento? -preguntó el soldado bajándose de su escalera.
Llegado al suelo, la desplazó hasta donde estaba Wright, se aseguró que estaba bien abierta y sujeta al raíl y subió cinco peldaños.
– Te vas a reír. Son globos autohinchables que deberían haber utilizado nuestros chicos en Vietnam para salir de situaciones de lío. Incluso llegó a haber en la selva patrullas que llevaban estos cacharros. Cuando veías que el enemigo te iba a achicharrar, se suponía que te atabas el globo a la cintura, tirabas de la anilla y, puf, salías volando.
El soldado lo miró con incredulidad.
– Venga ya, sargento. Se está quedando conmigo.
– Te juro que no.
– ¿Y luego qué pasaba? -Hizo un gesto con los brazos como si se dispusiera a volar.
– De veras. Luego venían avioncitos de hélice que en el morro llevaban una especie de tijeras.
