
Los cartones de embalaje del vigesimotercero al trigésimo PAL 90 estaban vacíos.
– ¡Eh, teniente! -gritó Wright-. Parece que nuestro desertor se llevó más cosas además de las pistolas.
«¿Para qué diablos querría ocho PAL 90?», se preguntó en voz baja.
Amsterdam, 20 de mayo, 4.00
El BMW de la policía estaba detenido sobre uno de los puentes que hace ángulo en el Brouwers Gracht, en el sector oeste de la ciudad. La luz azul de su techo giraba lanzando destellos cegadores. La ausencia de ruido confería a la escena un cierto aire de amenaza fantasmagórica. Sólo la lancha de la policía chapoteaba con suavidad debajo del puente. Los hombres rana, de pie sobre el fondo del canal y con el agua llegándoles casi hasta las clavículas, rebuscaban despacio.
– ¡Ya lo tengo! -exclamó por fin uno de ellos.
Sus compañeros se acercaron a él.
Tardaron diez minutos en soltar las ataduras que retenían al cadáver contra los pilotes de madera.
– No lleva mucho tiempo ahí abajo -dijo uno de los buceadores.
Cuando lo izaron a la calzada, el muerto, hinchado por las horas que había pasado sumergido, era una visión grotesca. Le faltaban la frente y parte del puente de la nariz. Lo que quedaba de las facciones se había transformado en un repulsivo globo pardo.
