
– No te muevas -dijo.
En aquel mismo instante, el inspector Jongman salía corriendo del hotel y se montaba en un Volvo cuyo conductor, sobresaltado, tiraba a la calzada el cigarrillo que estaba fumando, abría la portezuela y tras poner el motor en marcha, arrancaba en dirección contraria.
– Bueno -dijo Christiaan-, ya está.
Nick rió su cacareo histérico y Anneke se sobresaltó. Nick no le gustaba nada. Le inspiraba repugnancia y algo de miedo, con su nariz afilada y las mejillas picadas de antiguo acné juvenil; tenía las manos grandes y huesudas, toscas, con las uñas comidas y los nudillos rojos por la mala circulación. Le parecía imposible que pudiera ser hermano de Christiaan.
– Cállate, Nick -dijo Christiaan con tono paciente-, anda, que pareces una gallina. -Miró a Anneke y se encogió de hombros levantando las cejas con resignación, como quien sufre una lata que no tiene más remedio que aguantar con resignación cristiana-. Qué quieres que te diga. Es un pesado, ya sabes, pero es buen chico.
El Mercedes enfiló el Rokin en dirección al hotel Europa y a Vijzelstraat. La noche era clara y estrellada. Por primera vez desde el comienzo de la primavera traía consigo aromas de verano que aquietaban el aire apacible de los viejos canales casi sombríos.
CAPITULO III
SÁBADO 23 DE MAYO10.00
Entre Gouda y Oudewater, cruzan el campo holandés un sinfín de canales que discurren con ritmo lento por entre orillas de hierba y maleza. Hay docenas de caminos y carreteras comarcales que, al contrario de lo que ocurre con las vías más importantes, casi siempre construidas en la cresta de los diques, siguen la rasante del agua. Más que canales, son riachuelos artificiales que bordean diminutos pueblos de nombres sonoros, como Ijsselstein, que quiere decir piedra de hielo, o Zeven-huizen, que quiere decir siete casas, o interminables hileras de chalés, todos iguales o, detrás de setos y muros de ladrillo, castillos neogóticos, con almenas y tejadillos puntiagudos, hechos de madera y pintados de rojo.
