Poul Anderson

El pesar de Odín el Godo

Y entonces oí una voz en el mundo: «¡Oh, llorad por la fe rota, Y el pesado infortunio de los Nibelungos, y el pesar de Odín el Godo!» WILLIAM MORRIS, Sigur el Volsungo

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El viento penetró desde las tinieblas al abrirse la puerta. Los fuegos que ardían a todo lo largo de la estancia se agitaron en sus canales; las llamas saltaban y fluían de las lámparas de piedra; el humo regresaba amargo de la abertura en el techo que debería haberlo dejado salir. El súbito brillo se reflejó en lanzas, hachas, espadas y escudos, allí donde las armas reposaban cerca de la entrada. Los hombres que llenaban el gran salón se volvieron cautelosos y atentos, así como las mujeres que en ese momento les traían cuernos de cerveza. Eran los dioses tallados en las columnas los que parecían moverse por entre sombras inquietas, el Padre Tiwaz de una sola mano, Donar del Hacha, los jinetes Gemelos… ellos, y las bestias, héroes y ramas entrelazadas grabados sobre el revestimiento de madera. «¡Buuuu», decía el viento, un sonido tan frío como él mismo.

Entraron Hathawulf y Solbern. Su madre Ulrica se situó entre ellos, y la mirada en su rostro no fue menos terrible que la mirada de ellos. Los tres permanecieron inmóviles durante un latido o dos, mucho tiempo para aquellos que esperaban sus palabras. Luego Solbern cerró la puerta mientras Hathawulf se adelantaba y levantaba el brazo derecho. El silencio cayó sobre la estancia, roto sólo por el crepitar del fuego y la respiración de los presentes.

Pero fue Alawin quien habló primero. Levantándose del banco, con su cuerpo estremeciéndose de anticipación, gritó:

—¡Entonces nos vengaremos! —rugió su voz; no tenía sino quince inviernos.

El guerrero que estaba a su lado le tiró de la manga y gruñó:



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