—Siéntate. Debe decírnoslo el señor. —Alawin tragó, miró a su alrededor, obedeció.

Una especie de sonrisa dejó ver los dientes entre la barba amarilla de Hathawulf. Llevaba en el mundo nueve años más que aquel medio hermano, cuatro años más que su hermano Solbern, pero parecía mayor aún, y no sólo por su altura, anchos hombros y paso seguro; el liderazgo había sido suyo durante los últimos cinco de esos años, después de la muerte de su padre Tharasmund, y eso había acelerado el crecimiento de su alma. Algunos murmuraban que Ulrica tenía demasiado control sobre Hathawulf, pero quien pusiese en duda su hombría tendría que enfrentarse a él en una lucha y era poco probable que saliese caminando de ella.

—Sí—dijo, sin esfuerzo, pero sin embargo se le oyó de un extremo al otro del edificio—. Sacad el vino, mozas; bebed bien hombres, haced el amor a vuestras mujeres, disponed el material de guerra; amigos que habéis venido a ofrecernos ayuda, mi más profundo agradecimiento: mañana al amanecer cabalgaremos para matar al asesino de mi hermana.

—Ermanarico —dijo Solbern. Era más bajo y oscuro que Hathawulf, más dado a atender su granja y dar forma a las cosas con sus manos que a perseguir y hacer la guerra; pero escupió el nombre como si hubiese sido un veneno en la boca.

Un suspiro de alivio, más que de sorpresa, recorrió el salón, aunque algunas de las mujeres se retiraron, o se acercaron a sus maridos, hermanos, padres, jóvenes con los que algún día podrían casarse. Unos pocos terratenientes rugieron, casi con alegría, desde lo más profundo de la garganta. Otros se volvieron sombríos.

Entre estos últimos se encontraba Liuderis, el que había retenido a Alawin. Se puso en pie sobre el banco, por lo que se encontraba por encima de todos. Era un hombre fornido, de pelo gris y lleno de cicatrices, antiguo hombre de confianza de Tharasmund. Preguntó:

—¿Lucharías contra el rey al que diste tu palabra?



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