Los ojos se encontraron entre el humo y la luz del fuego llena de sombras.

—Sí, mi casa —gritó Alawin—, y Swanhild también era m—m—m—mi hermana. —El tartamudeo le hizo morderse el labio inferior con vergüenza.

—Calma, calma. —Hathawulf volvió a levantar el brazo—. Tienes derecho, muchacho, y haces bien en reclamarlo. Sí, cabalga con nosotros cuando llegue la aurora. —Su mirada desafió a Ulrica. Ella torció la boca pero no dijo nada. Todos supieron que deseaba que el joven muriese.

Hathawulf caminó hacia la silla alta situada en medio del salón. Resonaron sus palabras:

—¡No más peleas! Esta noche seremos felices. Pero primero, Anslaug —a su esposa— ven a sentarte a mi lado y juntos beberemos de la copa de Wodan.

Resonaron los pies, los puños golpearon la madera, los cuchillos se encendieron como antorchas. Las mujeres empezaron a rugir con los hombres.

Hail!Hail!Hail!

La puerta se abrió.

La noche llegaba rápido en otoño, por lo que el recién llegado permanecía de pie en la oscuridad. El viento agitaba los bordes de su manto, levantaba hojas muertas, silbaba y enfriaba la habitación. Todos se volvieron para ver quién había llegado, tomaron aliento, e incluso aquellos que habían estado sentados se pusieron en pie. Era el Errante.

Era más alto que ellos y sostenía la lanza más como un bastón que como un arma, como si no tuviese necesidad del hierro. Un sombrero de ala ancha le cubría el rostro, pero no el pelo gris como el de un lobo ni la barba, no el brillo de sus ojos. Pocos de ellos le habían visto alguna vez, pocos habían estado presentes cuando hacía sus apariciones; pero todos reconocían al antepasado de los jefes tervingos.



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