Liuderis volvió a asentir.

—He dicho lo que pienso, tú has dicho lo que piensas. Ahora dejemos de hablar. Mañana cabalgaremos. —Se sentó.

—Es un riesgo —dijo Ulrica—. Éstos son mis últimos hijos vivos, y quizá vayan a su muerte. Eso será como desee Weard, que decide por igual el destino de hombres y dioses. Pero preferiría que mis hijos muriesen con valor antes de que se arrodillasen frente al asesino de su hermana. Eso no traería suerte.

El joven Alawin volvió a ponerse en pie de un salto. Sacó el cuchillo.

—¡Nosotros no moriremos! —gritó—. ¡Ermanarico morirá, y Hathawulf será rey de los ostrogodos!

De los hombres se elevó un rugido lento, como una ola que se aproximase.

Solbern el Sobrio recorrió la estancia. La multitud lo dejó pasar. El junco trenzado y el suelo de barro resonaron bajo sus botas.

—¿Te he oído decir «nosotros»? —preguntó por entre los retumbos—. No, eres un muchacho. Te quedarás en casa.

Las aterciopeladas mejillas se sonrojaron.

—¡Soy suficiente hombre para luchar por mi casa! —gritó Alawin.

Ulrica se envaró allí donde estaba. De ella saltó la crueldad.

—¿Tu casa, bastardo?

El alboroto creciente murió. Los hombres se miraron incómodos. No Presagiaba nada bueno que en una hora aciaga como aquélla se liberase un odio antiguo como ése. La madre de Alawin, Erelieva, no sólo había sido una amante para Tharasmund, se había convertido en la única mujer que le importaba, y Ulrica se había regocijado casi abiertamente cuando cada hijo que paría Erelieva, excepto el primero, moría joven. Después de que el jefe guerrero hubiese tomado el camino del infierno, los amigos de Erelieva se habían apresurado a casarla con un terrateniente que vivía lejos de la casa comunal. Alawin se había quedado, lo adecuado para el hijo de un señor, pero Ulrica siempre lo aguijoneaba.



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