
Y ya era hora.
Subió la escalera y fue al dormitorio. Detrás de la puerta cerrada del cuarto de baño, su esposa estaba disfrutando de un baño purificador. Cantaba con una felicidad decidida, que le reveló lo preocupada que estaba por todo lo concerniente a él, desde sus nervios hasta su alma.
Virginia Elliott era una buena mujer, pensó David. Era la mejor de sus esposas. Había tenido la intención de seguir casado con ella hasta el fin de sus días, pero ignoraba lo breve que sería ese tiempo.
Tres movimientos veloces para un trabajo limpio.
Sacó la pistola del cajón de la mesilla de noche. La levantó. Apretó el gatillo.
SEPTIEMBRE DERBYSHIRE
1
Julian Britton era un hombre consciente de que su vida, hasta el momento, no valía nada. Cuidaba sus perros, administraba la ruina desmoronada que era la propiedad familiar, y trataba a diario de alejar a su padre de la botella. Eso era todo. No había triunfado en otra cosa que en tirar ginebra por el desagüe, y ahora, a sus veintisiete años de edad, se sentía marcado a fuego por el fracaso. Pero esta noche no podía permitir que eso le afectara. Esta noche tenía que imponer su voluntad.
Empezó con su apariencia, y se dedicó un severo escrutinio en el espejo de cuerpo entero de su dormitorio. Enderezó el cuello de la camisa, sacudió un hilo del hombro y frunció el entrecejo. Escudriñó su rostro y ordenó a sus facciones que compusieran la expresión adecuada. Debía adoptar un aspecto muy serio, decidió. Preocupado, sí, porque la preocupación era razonable. Pero no debía parecer angustiado. Y sobre todo, no debía traslucir que estaba desgarrado por dentro, preguntándose cómo había llegado a aquella situación, en este preciso momento, con su mundo hecho añicos.
