
Entre ellas estaba la de Michael. Y cuando la mirada de David cayó sobre el rostro de su viejo amigo, sus dedos cambiaron, por voluntad propia, a la canción que, sabía, estaba destinada a ser el éxito de Hamlet. Qué sueños pueden sobrevenir era su título, tomada del soliloquio más famoso del príncipe.
La tocó hasta la mitad y tuvo que parar. Estaba tan cansado que sus manos cayeron sobre las teclas y sus ojos se cerraron. Pero aún veía la cara de Michael.
– No tendrías que haber muerto -dijo a su socio-. Pensé que un éxito lo cambiaría todo, pero solo consigue empeorar la perspectiva del fracaso.
Cogió su bebida de nuevo. Salió de la sala. Se acabó el vodka, dejó el vaso junto a una urna de travertino, en uña hornacina semioculta, pero calculó mal la distancia y el vaso cayó sobre el suelo alfombrado.
Oyó llenarse una bañera en el piso de arriba de la enorme mansión. Ginny querría desprenderse de la tensión de la noche y de los meses precedentes. Ojalá pudiera hacer lo mismo. Pensaba que tenía muchos más motivos.
Se permitió revivir aquellos voluptuosos momentos de triunfo por última vez: el público puesto en pie, los vítores, los gritos de «bravo».
Todo eso tendría que haber bastado para David. Pero no era así. No podía serlo. Caía, si no en oídos sordos, en oídos que escuchaban otra voz.
En la esquina de Petersham Mews con Elvaston Place. A las diez en punto.
Pero ¿dónde…? ¿Dónde está?
Oh, ya lo averiguará.
Y ahora, cuando intentaba oír las alabanzas, las conversaciones entusiastas, los himnos triunfales que en teoría debían constituir su aire, su luz y su alimento, David solo podía oír aquellas tres últimas palabras: Ya lo averiguará.
