Ella, a fin de cuentas, había crecido en una casa donde la apariencia de las cosas era idéntica a la realidad de las cosas. Tenía unos padres cuyo amor nunca había flaqueado, y jamás había sufrido la doble deserción de una madre hippie, que se había fugado para «estudiar» con un gurú ataviado con túnicas la noche previa a su duodécimo cumpleaños, y de un padre cuya devoción a la botella excedía con mucho a cualquier afecto que hubiera mostrado por sus tres hijos. De hecho, si Nicola se hubiera tomado la molestia de analizar las diferencias entre sus respectivas educaciones, pensó Julian, tal vez habría reparado en que todas y cada una de las malditas decisiones que tomaba…

Interrumpió sus pensamientos. No quería apuntar en esa dirección. No se lo podía permitir. No podía permitir que su mente se apartara de la tarea inminente.

– Escúchame -se dijo en voz alta. Cogió su billetero y lo guardó en el bolsillo-. Tú vales mucho. Ella se acojonó. Tomó una decisión equivocada. Punto. Recuérdalo. Y recuerda que todo el mundo sabe la buena pareja que hacíais.

Tenía fe en este punto. Nicola Maiden y Julian Britton eran amigos íntimos desde hacía años. Todos sus conocidos habían llegado a la conclusión, mucho tiempo antes, de que acabarían juntos. Pero al parecer, era Nicola la que nunca había tenido en cuenta este dato.

– Sé que nunca estuvimos prometidos -le había dicho a su amiga dos noches antes, en respuesta a su anuncio de que se marchaba de los Picos para siempre y solo volvería para breves visitas-. Pero siempre existió una armonía entre nosotros, ¿no? No me habría acostado contigo si no pensara en serio… Venga, Nick. Joder, ya me conoces.

No era la propuesta de matrimonio que había pensado hacerle, y ella tampoco la había tomado como tal.

– Jule -replicó-, me gustas muchísimo. Eres un encanto y has sido un verdadero amigo. Y nos lo pasamos bien, me lo he pasado mucho mejor contigo que con cualquier otro tío.



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