
– Por eso…
– Pero no te quiero -prosiguió ella-. El sexo no equivale al amor. Solo en las películas y los libros.
Al principio, se había quedado estupefacto. Era como si su mente se hubiera convertido en una pizarra y alguien hubiera empleado un borrador antes de que empezara a tomar notas. Así que ella había continuado.
Seguiría siendo, dijo, su novia en el distrito de los Picos, si eso quería él. Vendría a visitar a sus padres de vez en cuando, y siempre tendría tiempo para ver a Julian, y con mucho gusto. Seguirían siendo amantes cuando ella estuviera en la zona, si él lo deseaba. Por ella, encantada. Pero en cuanto a casarse, eran dos personas muy diferentes, explicó Nicola.
– Sé cuánto deseas salvar Broughton Manor -dijo-. Es tu sueño, y lo convertirás en realidad. Pero yo no comparto ese sueño, y no voy a hacer daño a ninguno de los dos fingiendo que lo comparto. No sería justo para nadie.
Fue entonces cuando Julian recobró la lucidez suficiente para decir con amargura:
– Es el jodido dinero. Y el hecho de que yo estoy en la miseria, o al menos no tengo tanto dinero como tú desearías.
– No es eso, Julian. No exactamente. -Se volvió en su asiento para mirarle y exhaló un largo suspiro-. Deja que te lo explique.
Había escuchado durante lo que se le antojó una hora, aunque ella solo habló diez minutos. Al final, cuando todo estuvo dicho, y ella bajó del Rover y desapareció en el oscuro porche provisto de gabletes de Maiden Hall, él volvió a casa aturdido, transido de dolor, confusión y sorpresa, pensando: No, ella no pudo… no quiso decir… No. Después de la Noche de Insomnio I, cayó en la cuenta, pese al dolor, de que era urgente entrar en acción. Había telefoneado, y ella había accedido a verle. Siempre sería un placer para ella verle, dijo.
Julian dirigió una última mirada al espejo antes de salir del cuarto, y se dispensó una última afirmación:
