
De todos modos, pese a lo agradecido que estaba por la ayuda de Samantha, deseaba que su prima no diera por sentadas tantas cosas. Se había sentido culpable por el enorme trabajo que ella realizaba, impulsada solo por la bondad de su corazón, y había pensado en alguna forma de compensarla. Carecía de dinero en metálico para ofrecerle, aunque ella ni lo necesitaba ni lo habría aceptado, pero tenía sus perros, sus conocimientos y su entusiasmo por Derbyshire. Como quería que se sintiera lo más cómoda posible en Broughton Manor, le había ofrecido lo único que poseía: actividades ocasionales con los lebreles y conversación. Y ella había malinterpretado su conversación acerca del eclipse.
– No había pensado… -Pateó la grava, donde crecía un diente de león-. Lo siento. Voy a Maiden Hall. -Oh.
Era curioso, pensó Julian, que una sola sílaba pudiera transmitir el peso de tantas cosas, desde censura a placer.
– Estúpida de mí -dijo ella-. No sé cómo se me ocurrió que querías… Bien, da igual…
– Te compensaré de alguna manera. -Confió en parecer sincero-. Si no hubiera planeado ya… Ya sabes cómo son las cosas.
– Oh, sí. No debes decepcionar a nuestra Nicola, Julian.
