Cada estancia había sido más larga que la anterior, a medida que encontraba más trabajo en la propiedad, tanto en la renovación de la casa propiamente dicha como en la gestión de los torneos, fiestas y representaciones de acontecimientos históricos que Julian organizaba en los jardines, otra forma de conseguir ingresos para los Britton. Su útil presencia había sido una auténtica bendición, pues los hermanos de Julian ya hacía tiempo que habían huido del nido familiar, y su padre no había movido ni un dedo desde que Jeremy había heredado la propiedad (además de poblarla con sus amigos hippies y arruinarla) tras cumplir veinticinco años.

De todos modos, pese a lo agradecido que estaba por la ayuda de Samantha, deseaba que su prima no diera por sentadas tantas cosas. Se había sentido culpable por el enorme trabajo que ella realizaba, impulsada solo por la bondad de su corazón, y había pensado en alguna forma de compensarla. Carecía de dinero en metálico para ofrecerle, aunque ella ni lo necesitaba ni lo habría aceptado, pero tenía sus perros, sus conocimientos y su entusiasmo por Derbyshire. Como quería que se sintiera lo más cómoda posible en Broughton Manor, le había ofrecido lo único que poseía: actividades ocasionales con los lebreles y conversación. Y ella había malinterpretado su conversación acerca del eclipse.

– No había pensado… -Pateó la grava, donde crecía un diente de león-. Lo siento. Voy a Maiden Hall. -Oh.

Era curioso, pensó Julian, que una sola sílaba pudiera transmitir el peso de tantas cosas, desde censura a placer.

– Estúpida de mí -dijo ella-. No sé cómo se me ocurrió que querías… Bien, da igual…

– Te compensaré de alguna manera. -Confió en parecer sincero-. Si no hubiera planeado ya… Ya sabes cómo son las cosas.

– Oh, sí. No debes decepcionar a nuestra Nicola, Julian.



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