Nan Maiden se acercó desde esa dirección justo cuando comunicaban a Andy con la policía de Buxton. Salió del salón con una bandeja en la que llevaba un servicio de café para dos. Sonrió y dijo:

– ¡Caramba, Julian! Hola. No esperábamos… -Enmudeció cuando reparó en la postura subrepticia de su marido, encorvado sobre el teléfono como alguien que efectuara una llamada ilícita, y en la actitud cómplice de Julian-. ¿Qué pasa?

Julian experimentó la sensación de llevar la palabra «culpable» tatuada en la frente. Cuando Nan insistió, «¿Qué ha pasado?», no dijo nada y esperó a que Andy tomara las riendas de la situación. Por su parte, el padre de Nicola habló en voz baja por teléfono y dijo «Veinticinco», sin hacer caso de las preguntas de su mujer.

De todos modos, «veinticinco» pareció informar a Nan de lo que Julian no se atrevía a traducir en palabras y Andy esquivaba.

– Nicola -susurró. Se acercó al mostrador de recepción, dejó la bandeja encima y sin querer tiró al suelo una cestita de mimbre con tarjetas del hotel. Nadie la recogió-. ¿Le ha pasado algo a Nicola?

La respuesta de Andy fue serena.

– Julian y Nick tenían una cita esta noche, que al parecer ella ha olvidado -dijo a su mujer, con la mano izquierda sobre el auricular del teléfono-. Estamos intentando localizarla. -Lanzó la mentira con la habilidad de un hombre que, en otro tiempo, había convertido la falsedad en su principal virtud-. Estaba pensando que tal vez pasó a ver a Will Upman camino de casa, para ir preparando otro trabajo para el verano que viene. ¿Va todo bien con los huéspedes, cariño?

Los ojos grises de Nan pasaron de su marido a Julian.

– ¿Con quién estás hablando, Andy? -preguntó.

– Nancy…

– Dímelo.

No lo hizo. Alguien habló al otro extremo de la línea, y Andy consultó su reloj.



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