
– ¿Estás seguro de que era hoy? Quizá pensó que te referías a mañana.
– Habría preferido verla anoche -dijo Julian-. Fue Nicola quien fijó la cita para esta noche. Y estoy seguro de que dijo que volvería esta tarde. Estoy seguro.
Andy dejó caer la mano. Su expresión era seria. Miró hacia la ventana que había sobre el fregadero. Solo vio sus reflejos, pero Julian comprendió por su expresión que Andy pensaba en lo que había al otro lado, en la oscuridad. Vastos páramos habitados solo por ovejas, canteras abandonadas reclamadas por la naturaleza, riscos de piedra arenisca que se iban desintegrando, fortalezas prehistóricas de piedra derruida. Había centenares de cuevas de piedra arenisca donde quedar atrapado, minas de cobre que podían derrumbarse, montículos de piedras con los que un excursionista desprevenido podía partirse el tobillo, crestas de piedra arenisca desde las que un escalador podía caer y permanecer perdido durante días o semanas. El distrito se extendía desde Manchester a Sheffield, desde Stoke-on-Trent hasta Derby, y cada año, más de una docena de veces, los equipos de rescate localizaban a alguien que se había roto un brazo o una pierna, o algo peor, en los Picos. Si la hija de Andy Maiden se había extraviado o hecho daño por allí, sería preciso el esfuerzo de más de dos hombres charlando en una cocina para encontrarla.
– Llamemos a la policía, Julian -dijo Andy.
El impulso inicial de Julian también había sido telefonear a la policía. No obstante, tras reflexionar, temió todo lo que implicaba esa llamada, pero en ese breve momento de vacilación Andy actuó. Se encaminó hacia el mostrador de recepción para hacer la llamada.
Julian corrió tras él. Encontró a Andy encorvado sobre el teléfono, como si intentara protegerse de posibles escuchas. De todos modos, en la recepción solo estaban Julian y él, pues los huéspedes del hotel se encontraban en el salón, con sus cafés y licores, al otro lado del pasillo.
