La leyenda de su asociación con Michael Chandler había provocado dichos análisis, por supuesto. Cuando un miembro de un equipo que ha montado doce de las producciones más aclamadas del West End muere de una manera tan estúpida y macabra, se teje una leyenda alrededor de esa muerte. Y Michael había muerto de esa manera: extraviado en una caverna submarina de Florida que ya se había cobrado la vida de otros trescientos buceadores, tras haber violado todas las normas del submarinismo, pues había ido solo, de noche y borracho, abandonando una barca de cuatro metros y medio de eslora anclada para señalar el punto donde se había sumergido. Había dejado una esposa, una amante, cuatro hijos, seis perros y un socio con el cual había soñado obtener la fama, la fortuna y el éxito teatral desde su infancia compartida en Oxford, los dos hijos de obreros de una planta de Austin-Rover.

Por lo tanto, era lógico que los medios se hubieran interesado en la rehabilitación emocional y artística de David King-Ryder después de la muerte prematura de Michael. Y si bien los críticos le habían vapuleado por su primer intento en solitario de componer una ópera pop cinco años después, habían utilizado guante de seda, como convencidos de que un hombre que perdía a su socio de mucho tiempo y a su amigo de toda la vida de una sola tacada merecía una oportunidad de fracasar sin ser humillado públicamente en su esfuerzo por encontrar la inspiración sin ayuda. Sin embargo, esos mismos críticos no habían sido tan piadosos con su segundo fracaso.

Pero ahora había terminado. Era cosa del pasado.

A su lado, en el palco, Ginny gritó:

– ¡Lo hemos conseguido, David! ¡Lo hemos conseguido, joder!



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