Era lo que tanto había anhelado desde hacía más de una década: la reivindicación total de su prodigioso talento. Y por Dios que lo había conseguido. Lo veía ante él, bajo él y a su alrededor. Tres años de trabajo agotador, tanto para el cuerpo como para la mente, culminaban ahora en la ovación ensordecedora que le habían negado al finalizar sus dos anteriores producciones en el West End. En aquellos espectáculos, la naturaleza de los aplausos y las secuelas de dichos aplausos habían sido de lo más elocuentes. Un educado y breve agradecimiento a los miembros de la compañía había precedido a un apresurado éxodo del teatro, seguido a su vez por una fiesta de estreno muy similar a un velatorio. Después, las críticas de Londres habían rematado lo que el boca a oído de la primera noche había iniciado. Dos enormes producciones muy costosas se habían hundido como acorazados de cemento sobrecargados de armas. Y David King-Ryder tuvo el dudoso placer de leer incontables análisis de su declive creativo. «La vida sin Chandler» era la clase de titular que había leído en las disecciones de uno o dos críticos teatrales poseedores de un sentimiento cercano a la compasión. Pero los demás, los tipos que pergeñaban metáforas vitriólicas después de tomar su ración matutina de Weetabix y pasaban meses esperando la oportunidad de embutirlas en un comentario más notable por su resquemor que por su información, habían sido implacables. Le habían llamado de todo, desde «charlatán artístico» a «buque reflotado por pasadas glorias», y esas glorias emanaban de una sola fuente: Michael Chandler.

David King-Ryder se preguntaba si otras asociaciones musicales habían padecido el escrutinio de su colaboración con Michael Chandler. Lo dudaba. Pensaba que músicos y libretistas, desde Gilbert y Sullivan a Rice y Lloyd-Webber, habían florecido, decaído, alcanzado la cumbre, prosperado, fracasado, superado las críticas, sufrido batacazos y conquistado la gloria sin sufrir el acoso de los chacales que le mordían los talones.



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