dientes para ocultar su envidia; celebridades de todos los ámbitos sociales alabaron el Hamlet de King-Ryder Productions, desde «genial» hasta «me tuvo atornillado al asiento», pasando por «simplemente fabuloso, querido»; debutantes y pijas de la zona de Sloan Square, ataviadas sucintamente, con un despliegue asombroso de escotes vertiginosos, y famosas por ser famosas o por tener padres famosos, declararon que «por fin alguien ha conseguido que Shakespeare sea divertido»; representantes de aquel notable despilfarro de la imaginación y la economía de la nación, la familia real, ofrecieron sus más fervientes deseos de éxito. Y mientras todo el mundo estaba complacido por estrechar la mano de Hamlet y sus cohortes, y mientras todo el mundo estaba encantado de felicitar a Virginia Elliott por su magistral dirección de la ópera pop de su marido, todo el mundo estaba más ansioso todavía por hablar con el hombre al que habían vilipendiado y puesto en la picota durante más de una década.

De modo que el éxito corría a raudales, y David King-Ryder quería saborearlo. Anhelaba experimentar la sensación de que la vida se abría ante él en lugar de cerrarse. Pero no podía escapar a cierto presentimiento. Todo ha terminado resonaba en sus oídos como un cañonazo.

Si hubiera sido capaz de hablar con ella sobre lo que había sufrido desde la llamada a escena, David sabía que Ginny le habría dicho que sus sensaciones de depresión, angustia y desesperación eran de lo más normal. «Es el alivio después de la noche de estreno», habría dicho. Bostezando camino de su dormitorio, mientras dejaba los pendientes sobre el tocador y tiraba los zapatos dentro del zapatero, habría señalado que ella tenía más motivos para estar deprimida que él. Como directora, su trabajo había terminado. Cierto, había que afinar diversos aspectos de la producción («Estaría bien que el diseñador de iluminación colaborara un poco y atinara en la última escena, ¿verdad?»), pero en términos generales ella debía empezar el proceso una vez más, con una nueva producción de otra obra. En el caso de él, recibiría por la mañana un montón de llamadas telefónicas de felicitación, peticiones de entrevistas y ofertas para montar la ópera pop en todo el mundo. De esa forma, podría concentrarse en otra escenificación de Hamlet o dedicarse a un proyecto nuevo. Ella no tenía esa opción.



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