
Si él hubiera confesado que no tenía ganas de dedicarse a otra cosa, ella habría dicho: «Pues claro que ahora no. Es normal, David. ¿Cómo podrías hacerlo ahora? Concédete una temporada de descanso. Necesitas tiempo para volver a llenar la fuente.»
«La fuente» era el manantial de la creatividad, y si él hubiera señalado que ella nunca parecía necesitada de renovar sus existencias, su mujer habría replicado que dirigir era muy diferente de crear. Ella, al menos, debía trabajar con materiales en bruto, para no hablar de toda una panoplia de colegas de la profesión con los que evacuaba consultas mientras la producción tomaba forma. Él solo tenía la sala de música, el piano, soledad a espuertas y su imaginación.
Y las expectativas del mundo, pensó él de mal humor. Ése sería siempre el precio del éxito.
Ginny y él abandonaron la celebración del Dorchester en cuanto pudieron escabullirse. Ella protestó cuando él dijo que quería marcharse, al igual que Matthew, el cual, siempre en el papel de manager de su padre, había argumentado que David King-Ryder quedaría muy mal si se fuera de la fiesta antes de que terminara, pero David había alegado agotamiento y nerviosismo, y tanto Matthew como Virginia habían aceptado el autodiagnóstico. Al fin y al cabo, hacía semanas que no dormía bien, tenía la tez amarillenta y su comportamiento durante toda la representación (tan pronto estaba de pie como sentado, como paseándose por su palco) transmitió la impresión de un hombre cuyas fuerzas se habían agotado.
Salieron de Londres en silencio, David sujetando un vaso de vodka entre la palma y el pulgar, y el índice apretado entre las cejas. Ginny llevó a cabo varios intentos de entablar conversación con él. Sugirió unas vacaciones como recompensa por sus años de esfuerzos. Rodas, dijo, Capri y Creta. Claro que siempre estaba Venecia, si esperaban hasta otoño, a que se vaciara de las habituales hordas de turistas que la hacían insufrible durante el verano.
